Cuando no viajo mi sensación es que los sucesos singulares suceden espaciados. Con “lo singular” me refiero a un pequeño o gran suceso extraordinario, lo suficientemente relevante como para sentir que no podrás olvidarlo. Lo singular no tiene un patrón definido: podría ser una coincidencia estadísticamente cercana a lo imposible, un beso, unas gotas de lluvia desafiando un pronóstico de sol radiante, un disparador de una risa inesperada que desahoga una temporada de tristeza.

Ahora bien, todos los días pueden suceder situaciones singulares. Sin embargo creo fervientemente que viajar nos expone a dosis aceleradas de sucesos singulares. Cuando viajo suceden cosas inolvidables más seguido (y por defecto es más fácil que al final de un día me sienta satisfecho con tantas singularidades vividas en la jornada). Aunque suena exagerado, viajar me ayuda a aceptar la mortalidad, a ser consecuente con mi tiempo. Cada día en viaje, es un día más en mi vida (y no un día menos): ver por primera vez desplomarse un trozo enorme de hielo de un glaciar, tomar un trozo de ese glaciar que llega a mi mano en un lago patagónico, creerme orientado en una ciudad laberíntica, saberme finalmente perdido, sentir miedo irracional, avergonzarme de ello. Nadar en un río cristalino de montaña, refrescarse sin nada en una playa desolada. Escuchar a la gente local, dispuesta a hablar porque te sienten portavoz de sus mundos olvidados.

Yo viajo porque quiero provocarme, llamar a lo extraordinario: me gusta que mi vida necesite mapas, que el día siguiente tenga un camino desconocido, una promesa de desorientación, un desvío, varios. Someterme al desafío de incorporar nuevas palabras como un modo de supervivencia. Saber que no soy quien creo que soy cuando estoy en donde nunca estuve: el paisaje inédito, la ciudad que no entiendo, no parar hasta llegar al río sin puentes.

El combustible para viajar es la atracción por la incertidumbre, la promesa de un camino, el movimiento como un  modo de recordar que soy frágil, insignificante y efímero (y como un modo de ser consecuente con ello). Sentir que al final de un viaje podría morir satisfecho, aunque esto me dure un tiempo breve (hasta el momento en que empiezo a pensar en otro viaje).

Mis recuerdos singulares rivalizan y a veces no son nada extravagantes: aquella lluvia torrencial que me empapaba mientras pedaleaba en bicicleta por un rincón del Caribe; las cinco semanas de fin del invierno en una casa rural cerca de Masterton en Nueva Zelanda, el miedo de una noche de acampada solitaria entre sonidos salvajes en la jungla de Abel Tasman,  despertar completamente solo en una playa sin pisadas en la arena. Dormir sin techo en el desierto contando estrellas fugaces, amanecer entre dunas encendidas en Erg Chebbi. Simular un viaje en el tiempo en Fez, o un “viaje a Marte” en el desierto de Atacama. Hay cosas que suceden en el calor del hogar, y hay cosas que suceden del otro lado de la puerta (y yo que no quiero perdérmelas).

Mi superpoder para salir a la caza de vivencias singulares no es la falta de temor, sino todo lo contrario: descubrir que cada viaje refuerza mi enemistad con mis miedos y temores, que se van miniaturizando. Y después de tantos viajes, mi certeza sigue siendo que ante la finitud de mi vida viajar es mi mejor respuesta.  Viajar como una simulación reconfortante: la sensación de que mientras la vida se consume también se multiplica viaje a viaje, que se celebra mejor cuando estoy en movimiento.

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