Sucede cuando leo sobre “blogger viajero anuncia que retorna a Argentina (o a su país si es de otro)”, esto después de viajar por el mundo y por países de lo más variados, más conflictivos, más pobres, más ricos, más organizado, menos organizado, y entonces, acto seguido, te (o le) comentan cosas como “pobre de vos que volvés”, o el para mí más tedioso “bienvenido a la realidad” (cuando en lo escucho en mi mente suena un “chan”). Si me lo decís, notarás un respetuoso e hipócrita silencio. Pero tantos respetuosos silencios terminaron por devenir en los párrafos siguientes (ahora mismo releo el texto y quiero agregar que se teclearon desde el alma).

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A mí me pasa esto: viajo, y me cruzo por todo tipo de situaciones, realidades variopintas. Y en eso sucede que uno anuncia que vuelve después de varios meses, u otro blogger de viaje anuncia que vuelve. Llegás, estás unos días y viene infalible el comentario: “y, ya te adaptaste a la realidad, bienvenido a la realidad”…esto supongo que lo dicen pensando que uno al estar afuera vive en una especie de disneylandiaworld con mariposas y burbujas de colores…..

No señoras, no señores (que dan bienvenidas a la realidad). No es el mundo ni la catástrofe que pintan los diarios que promueven la tala de árboles para imprimir sensacionalismo en sus papeles, ni tampoco es el Disneylandia de peluches animados que te haga sentir que si volves (a “x” país, el que sea) te tenés que preparar como si entraras a una especie de pesadilla y bofetada, a una zona de guerra con cadáveres que cuelgan en las ventanas en un ambiente walkingdead (estoy muy conscientemente matando el idioma inglés y español). Mejor lo digo en español neutro: viajar un tiempo prolongado es algo que creo se comunica bastante mal si creen o nos creen a los viajeros en un paraíso. Tampoco viajar es “de vagos” que viven (vivimos) en una nube de gases poéticos (ni tampoco es que gases poéticos sea un eufemismo muy sofisticado de “pedos de colores”). El otro día chateaba algo así como que para mí descansar, es esto: parar de viajar. Yo hasta lo disfruto (un tiempo). Viajar tiene una realidad interna y un externa mucho más normal o bastante menos idílica de lo que muchos imaginan.

Iba a hablar en nombre de los bloggers de viaje, pero no me atrevo a tanto (el colega que comparta por favor me lo comenta). La razón por la que no vuelvo a la realidad cuando vuelvo de un viaje prolongado, es muy simple: sencillamente, nunca me había ido de la realidad. Un viaje no es vivir en una burbuja, ni ser blogger de viaje es escaparse de la realidad. Ser blogger de viaje es la realidad misma si obviamos la parte de “oh, que bonito y envidiable es despertar cada día con ventanas que miran a un paisaje diferente”. En concreto me refiero a: trabajamos horas y horas al día en la computadora mientras profesamos la religión del wifi, y eso hace que estar de viaje pueda ser agotador cuando sumamos la tarea de gestionar el día a día del viaje, con el agobio de tomar decisiones cada hora (o minuto a minuto) sobre nuestro próximo destino, nuestro próximo alojamiento, la ruta a elegir, el lugar a poner en nuestro mapa, las alternativas a un mal clima, la forma de afrontar todos esos momentos que “no salieron las cosas como lo había planeado” (imaginar fondo de música catástrofe).

Los viajeros prolongados que escribimos blogs, estoy casi convencido (solo insisto, me lo confirman en comentarios si es que por aquí se pasa otro blogger viajero) no solo somos nómades de paisajes bonitos y atardeceres inolvidables, también somos nómades de lavarropas que funcionan con monedas, de espacios y momentos privados que nos esquivan o nos la ponen fiera, aficionados de cuchillos que no cortan bien, desayunos de microondas, tendederos que humedecen la ropa, lluvias nunca tan inoportunas. Y también nómades de cosas intangibles: vivimos en el país de las “certezas inciertas”, inmersos en la agenda del último minuto. Extraviamos anclas más de una vez, o a veces nos cuesta levantarlas. Cambiamos de países en fronteras que nos presumen terroristas-narcotraficantes-asesinos hasta que demostremos lo contrario (mientras sostenemos nuestros pantalones despojados del cinturón en un control de aeropuerto, todo sea por la seguridad, claro). Y no entro en la temática escatológica, los sacrificios de la urgencia en detrimento de la higiene, todas las cosas que mamá nos enseñó que no hay que hacer pero tenemos que hacer porque “es lo que hay” (y la urgencia no se discute).

En el día a día dejamos muchas comodidades y cunas bien mullidas en el país de Nunca Jamás llamado “pasado”, afrontamos el riesgo de comer alimentos calidad “vaya uno a saber como fue procesado e higienizado”, dormimos cuando los ruidos nos dejan, más que cuando queremos. Pero no se confundan, no intento parecer una víctima del viaje si es lo que parece. Todo lo contrario, intento parecer un tipo que se lleva la realidad consigo adentro de la mochila. Es nuestra mascota viajera, a la realidad le ponemos la correa y la sacamos a pasear, la alimentamos, la limpiamos, la odiamos por momentos, esa maldita realidad cotidiana, la burocracia del vivir día a día de la que no podemos escapar ni aunque viajamos (porque insisto, no estamos de vacaciones aunque colgamos fotos en redes sociales de estética “vacaciones eternas” o en su defecto “me rasco todo el día”).

Lo que si hace que sea diferente mi profesión en sus momentos viajeros y realistas, es vivir y hacer lo que a uno le gusta, esa es la plenitud que neutraliza y hasta pulveriza todo lo malo, incluso en nuestras memorias: los hashtags que filtran nuestros recuerdos son bastante hipócritas (pero los adoramos). Ser nómade y viajar trabajando no es la mejor forma de amortizar nuestro tiempo, es solo una de las formas. Todo lo malo lo sublimamos en anécdotas graciosas, los momentos patéticos los cocemos al vapor como a dos huevos duros. La no rutina es nuestra rutina. Y para no estirarla más, las lecciones sobre un mundo que no es Disneylandia (pero tampoco el infierno de Dante) me las guardo para otro post.

No quiero seguir por que tal vez ya sea suficiente: bienvenido a mi realidad, la de un viajero que se lava las medias cuando viaja y cuando llega (por cierto, viajar te enseña que en España no se lavan las medias, sino los calcetines).

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