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Abel Tasman - Nueva Zelanda

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Mientras estaba cuidando una casa en Nueva Zelanda estaba mirando un documental sobre la historia de Estela de Carlotto (en esos días Estela de Carlotto se había reencontrado con su nieto después de varias décadas de búsqueda y me llegaban cantidad de enlaces sobre el tema) y de repente en el documental apareció una imagen en blanco y negro de un grupo de abuelas caminando por la plaza, y entre ellas mi abuela sosteniendo una pancarta. Mi abuela siempre me contó mil cosas de esos tiempos tan oscuros, tan sin reglas. Sobre su búsqueda, sobre familias desintegradas y hasta noches y días interminables. Durante la dictadura argentina había una jungla no declarada, no había reglas, y había gente merodeando, y otra sobreviviendo.

Cuando se apareció la imagen de mi abuela en el documental detuve la imagen. La capturé, la envié por WhatsApp a algunos de mis familiares y me lo confirmaron, era ella. Por alguna razón necesitaba que me lo confirmaran. Mi abuela caminando en esa locura con una pancarta junto a otras abuelas en la plaza, en una jungla urbana siniestra, una imagen en blanco y negro, una imagen que ya era parte de la historia.

Abel Tasman - Nueva Zelanda

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Ahora estoy a miles de kilómetros de Nueva Zelanda. Pero hace poco más de un mes estuve en la jungla de verdad (jungla como la imagen de arriba) en el Parque Nacional Abel Tasman. Había programado cuatro días de caminata solitaria recorriendo un track costero. Era primavera y no había en apariencia mucho que temer. El frío del invierno ya se había retirado, aunque las noches eran frescas. El pronóstico no podía ser mejor con días soleados. Llevaba comida suficiente, una carpa, un calentador, bolsa de dormir, linterna, pero sobre todo, llevaba un entusiasmo inusitado. La naturaleza y la aventura, tal vez la mejor que planifiqué, me sumergían en la sensación de que nada podría ser mejor en ese momento: me esperaban caminatas por playas perfectas, senderos que por momentos se internaban en la jungla templada de Nueva Zelanda, montañas bajas, y más playas de agua turquesa y cristalinas.

Tenía mis reservas de sitios de acampada a lo largo del trayecto de 54 kilómetros. Y todo venía resultando fácil. Las primeras dos noches pude acampar acompañado por otros senderistas. Los sitios donde armar la carpa eran rústicos, pero estaban conectados de algún modo a vestigios de civilización: tenían suministro de agua potable, baños, y poco más que eso. Hasta allí no había pasado por nada de temer, más que unos mosquitos abrazadores, el canto de pájaros en coro al amanecer, un poco de frío hasta despertar junto a una playa perfecta con la luz del amanecer.

Pero la tercera noche fue diferente. Hacia los kilómetros finales del trayecto la gente se disipa. Los senderistas somos escasos, y siendo temporada baja no hay muchos con los que hablar y compartir en el camino. Una chica austríaca con la que compartí camping en la noche anterior, hizo parte del camino de ese día conmigo. Pero ella se quedó en un camping a mitad de tarde comentando “creo que esta noche no llegará nadie más”. Yo seguí hasta mi siguiente parada. Me separaban aún unas dos horas de caminata, un camino de montaña, y un descenso a un auténtico paraíso en donde estaría mi lugar para la última noche: una playa desolada y extensa entre montañas, y un pequeño valle de vegetación densa con un pequeño camping, un claro de césped corto en medio de la jungla.

La playa que está debajo es la playa de acampada de la última noche. El camping está en el pequeño valle que se ve junto a la playa.

Abel Tasman - Nueva Zelanda

Imagen en Flickr

Llegué temprano, tendí mi carpa y marché a la playa. Llevaba cuatro días sin bañarme y deseaba un chapuzón. La playa estaba solitaria y terminé probando el agua helada.

Abel Tasman - Nueva Zelanda

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Abel Tasman - Nueva Zelanda

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(mi cara de relajación antes de la noche de “miedito” en la jungla)

Mi cuerpo ya estaba pasando factura. Caminaba con un pie dolorido, espalda cansada, energía desvanecida. Llegué a la carpa y cené cuando el sol todavía tenía un atardecer por delante. Una madre e hija holandesas dormirían en una cabaña cercana al camping, pero en cambio, esa noche, yo estaría en el camping completamente solo.

(el camping y mi carpa, eran algo así como un claro en la jungla, y en medio de la nada. El próximo contacto con civilización estaba a unas dos horas de caminata)

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Después de cenar, y cuando todavía había luz natural, me tiré en la carpa y me quedé completamente dormido como si me hubiese desvanecido.

Cerré los ojos. Abrí los ojos como si apenas los hubiese cerrado un segundo atrás, esa era mi sensación, pero ahora estaba completamente oscuro. Algún ruido desconocido me había despertado. Lo primero que pensé es que me había quedado dormido por horas a juzgar por el cambio en la situación lumínica (o mejor por la falta de luz y la oscuridad completa). Encendí la linterna mientras escuchaba todo tipo de sonidos de animales y pájaros que de día no se escuchaban.

Miré la hora y eran apenas las 9 de la noche. Me había dormido dos horas, y me habían parecido veinte. Tenía la noche casi completa por delante, pero los ruidos de animales empezaron a captar mi atención. De repente, escuché un sonido a un metro de la carpa. Algunos parecían sonidos de algún pájaro, pero también escuchaba pasos, algunos más sigilosos, y otros animales que pasaban corriendo junto a la carpa. De repente, un ruido-grito-chillido espantoso que yo atribuiría a algún pájaro (que jamás escuché en mi vida) me sobresaltó. Pero aún más todo lo que seguía: ronquidos (a veces al lado de la carpa), más animales corriendo, animales que se peleaban y gritaban como si estuvieran matándose, pájaros que gritaban aún más fuerte. Para entonces, ya estaba inmóvil de miedo, metido en la bolsa de dormir, y con mi linterna en la mano. Nunca había dormido en un lugar así, de noche, completamente salvaje, y nunca había sentido tantos sonidos de animales y tan cerca, hasta rozando la carpa.

Todo parecía ir a peor, los sonidos me habían sugestionando de verdad, la mente empezaba a volar imaginando animales devorándome, devorándome los dedos de los pies mientras dormía, merodeando como buitres ante una presa. Y fue en ese momento de mayor sugestión que empiezo a escuchar un crujido en el plástico de la carpa. Primero me ilusioné pensando que eran senderistas que habían llegado de noche y estaban armando su carpa cerca de la mía. Pero poco tardé en darme cuenta de que el ruido de plástico crujiente era mi carpa. Algún tipo de animal estaba intentando entrar a la carpa masticándola. No sabía si era grande, o si era pequeño, pero era suficiente para entrar en pánico.

Era evidente, mi experiencia en cuanto a “dormir solo en la jungla” era nula, y mi literal “cagazo” creció en modo exponencial. Sólo soporté unos segundos más así, escuchando ese ruido, y dí una patada al costado de la carpa. El ruido se detuvo, me quedé inmóvil unos segundos, y el ruido comenzó nuevamente. Di otra patada, y entonces recordé que tenía la bolsa de basura dentro de la carpa siguiendo las recomendaciones de no tirar ni dejar nada en el parque. Tomé la bolsa y la até en el techo de la carpa para que no tuviera contacto con el suelo. Volví a acostarme. Por más de hora y media escuché una banda sonora de terror (en proporción a mi grado de sugestión), pasos, chillidos, ronquidos, más animales peleando y gritando, corriendo, merodeando la carpa. Y después de todo ese tiempo, después de una hora y media, el cansancio le fue ganando al miedo, me dormí sin que hasta hoy pueda entender como el cansancio pudo inmunizarme a todos esos ruidos. La próxima vez que abrí los ojos era de día.

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(asomando las narices después de una noche terrorífica en que finalmente dormí aunque por fuera hubiesen pasado todos los animales de Nueva Zelanda / Nota: observen la bolsa de basura colgada en la carpa)

Esperé una hora más porque era muy temprano y me levanté. Cuando el sol ya estaba un poco más allá del momento del amanecer caminé a la playa. El ruido, la oscuridad, la pesadilla, todo era pasado. Todos esos animales, estaban ahora escondidos, en silencio. Era mi turno, ahora ellos deberían temerme a mí. Caminé y miré comprobando que estaba completamente solo, no hubo ni carpa al lado, ni estaban ya las senderistas de la cabaña. Caminé a la playa, la más desolada que estuve en mi vida, y me quedé sin habla al mirar el mar más calmo del mundo, tan calmo que hacía un efecto espejado con el cielo capaz de hacer invisible el horizonte. Recuerdo eso, el no distinguir donde terminaba el mar y donde empezaba el cielo. Sentarme en la playa, comer algunas galletitas que llevaba en el bolsillo, mirar unos cormoranes en el límite entre la arena y el agua. Fotografiarlos, sentir la paz del lugar, estar solo por kilómetros y kilómetros.

Abel Tasman - Nueva Zelanda

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Cuando llegué a Buenos Aires después de pasar casi seis meses viajando (cinco de ellos en Nueva Zelanda), le conté de esa noche a mi abuela y pensó que había estado loco, que si soy “corajudo”, que ella jamás haría algo así, caminar y dormir entre bestias.

Unas horas después, le mostré la foto en blanco y negro a mi abuela, la que capturé del documental. Le pregunté si alguna vez la había visto antes, y me dijo que no. Fue a buscar sus anteojos, y se preocupó más por reconocer a las otras abuelas que iban a su lado. Le pregunté en que año era y si no tenía miedo, y me dijo que era en plena dictadura y me dijo que no, que no tenían conciencia de los que podía pasarles o no pensaban en eso, pero que con el tiempo se dio cuenta, que después de eso, está viva de milagro.

Se aterrorizó por mi noche en la jungla, pero a mí me hubiese dado más miedo caminar esa Plaza de Mayo, en esa época, en esa jungla. Y dormir entre bestias, tampoco es que ella no lo haya hecho. A veces pienso en eso, en si sabemos entre quienes dormimos en un supuesto apacible barrio de gente de supuestas buenas formas. La locura de la jungla tal vez no sea tan siniestra si medimos lo que puede pasar en nuestras ciudades, lo que pasó en la historia en nuestras sociedades.

La vuelta me deparaba sorpresas de las grandes, empezando por volver a atravesar playas como la de la foto que sigue, hasta llegar a la parada del aqua taxi que me llevaría de regreso a la civilización. La misma naturaleza que me demostró su furia nocturna, me terminó embelesando una vez más. La furia y la calma entre el día y la noche. La oscuridad activando la lucha por la supervivencia, y la luz diurna desnudando el paraíso.

Abel Tasman - Nueva Zelanda

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Esa tarde tomé el bote-taxi y en la vuelta un grupo de unos 50 delfines empezaron a saltar junto al bote a una velocidad deslumbrante. Lo hicieron durante unos diez minutos y pusieron el broche de oro a cuatro días inolvidables. Esa noche, la de la jungla, la de la lucha por la supervivencia fuera de la carpa, también fue parte del paraíso. Un paraíso intermitente y una oscuridad que vuelve una y otra vez, y hay que pasarla.

Pueden ver todas las Preguntas frecuentes y la información para hacer el sendero costero de Abel Tasman

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