ellas

 

Cuando uno tiene un problema, yo al menos, necesito poner ese problema en contexto. Las comparaciones sí son odiosas, pero en éste caso me lo permito. Cuando uno ve el problema de ella, el dolor, el como lo ha afrontado, vale replantearse, en el caso de que corresponda: ¿el mío es realmente un problema?.

Eso es un referente. Cuando analizo lo que para mí, hoy y ahora, sería un problema, me siento ridículo ante el problema de ella, me pone en contexto, y en silencio, o desde donde esté, ella de algún modo me enseña: a ubicarme, a dimensionarme, a replantearme, a reordenar mi escala. Cuando se padece un problema tan inabordable, un dolor como el de ella, una situación de injusticia y desamparo tan bestial, uno puede patear el tablero (si hasta parece lo lógico), despedazar las fichas de ese ajedrez, desparramarlas. Pero ella (y ellas) no pateó (ni patearon) el tablero.

 

ellas

 

 

Voy hablar de ella, como la parte por el todo, porque ella también son todas ellas. Ella reacomodó las piezas, y volvió a jugar, con las reglas que le negaron, con paciencia, con constancia, con un aura optimista aunque siempre haya dolor, tanto que hasta resultaba difícil de entender. Eso es un referente, ante un problema capaz de destrozarte, un tablero con las fichas desparramadas, ella las reacomoda cada una en su lugar, las blancas donde van las blancas, las negras donde van las negras. Vuelve a mover la primera pieza, inicia una partida que va a durar años, pero una partida capaz de reconstruirte, y sostenerte. Sentir que hasta podés morir antes de que la partida termine, y sin embargo seguir jugando, y respetando las reglas. Eso es ella. Eso son todas ellas.

Cuando te patearon el tablero con cinismo, el tablero de tu vida, volvés a armarlo, movés un peón sin siquiera elegir jugar esa partida, aceptás la partida. Y esperás tu turno, aunque la ficha del otro lado tarde en moverse. Creer en lo que te negaron. Creer en la justicia. Creer en las instituciones. Y mientras tanto llenarte de canas, de arrugas, sobrevivir al dolor y al horror. Sonreís, a pesar de todo. Eso recuerdo de cuando pude verla, y cuando pude verlas. Una sonrisa, un rostro que sonríe. No era el rostro de una abuela jugando una partida, era el rostro de una abuela imaginando a su nieto. Solo 37 años podían impedir separarlos, solo el tiempo, nada ni nadie más.

Eso es un referente, un parámetro, eso pulveriza mis problemas actuales. Ellas, que jugaron su partida, son sin quererlo, un pilar: de la democracia, de la verdad, de la justicia, de Argentina, y del mundo, todo eso, además de ser abuelas y enormes. Un referente de lo que debemos esperar, de lo que debemos pedir, como mínimo, y de como debemos pedirlo hasta conseguirlo, nuestros derechos. Eso es ella, eso es Estela, y eso son ellas, las abuelas. Lo dijo ella, y lo dijo por todas: “no quería morirme sin abrazarlo”. Ésta vez (al menos ésta vez) fue jaque mate, para los que jugaban con las fichas oscuras.

(hoy el blog es de ellas)

Imagen Alan Levine

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