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Me pasa eso. Es una enorme mentira.

Si quiero viajar mucho, no es fácil no viajar solo. Es fácil cuando tenés poco más que 18, y cuando los amigos pueden viajar, porque estudian y no trabajan, porque trabajan pero no tienen la mochila de responsabilidades que vamos arrastrando con los años. Casi todos empezamos viajando en grupo, necesitamos ese empuje, esa seguridad de llevarnos un nido a cuesta, para no sentirnos solos en una rama que sobresale en un bosque, dentro de un bosque que tapiza alguna montaña que no conocemos.

Pero una vez que arrancás, viajar solo cuesta menos. Y lo curioso, es que cuando recuerdo los viajes que llevo y que hice solo, no los recuerdo estando solo, sino todo lo contrario. El viaje al sur, aquel primer viaje “largo”, lo recuerdo siempre con gente. En cada momento, en cada ciudad, en cada trayecto. Lo recuerdo a través de conversaciones, incluso, aún caminando esa montaña, a través de ese sendero, recuerdo el momento en que aquel turista desgarbado caminaba junto a un grupo de amigos con un jugo de naranja en su mano. Recuerdo ese detalle sin importancia. Pero no recuerdo caminar solo.

Recuerdo en un viaje conversar de improvisto con quien me entero era un vecino que vivía a la vuelta de casa en Mar del Plata, pero que nunca lo habría cruzado en mi ciudad, o que siempre lo habría cruzado en mi propio barrio esquivando su paso en una vereda.

Cuando me preguntan si viajo solo, necesito pensarlo. Y hasta dudo en responderlo. Coordinar un viaje con alquien es complicado, pero no estoy seguro de viajar solo. Aquella vez en aquel pueblo en aquella montaña tuve conversaciones de horas, o de par de días. Tan largas como las que a veces no puedo tener de esa forma en el lugar donde vivo. Y mientras, conocía y respiraba un aire puro, bajo un cielo diáfano. Y sin embargo, aunque no lo sentía, estaba solo.

No me acuerdo bien si viajo solo. Aunque hay momentos en que te podés sentir solo, al final no los recuerdos. Tal vez los borra mi memoria, así la tengo configurada. Y en cambio recuerdo conversaciones, personas, situaciones simples, momentos en los que siempre hay alguien que se cruza en el camino, y que alimentan esa mentira. Los viajes no se hacen solo, aunque estés solo en el punto de partida, y al final, el camino te encuentra con gente con la que tienes en común precisamente ese camino, y más cosas que se descubren fácil.

En cambio, son esos caminos en los laberintos de cemento cerca de tu casa los que muchas veces se caminan solo; aunque compartas una vereda con otra persona que viene de frente y que la ves cada día sin cruzar jamás una palabra, hasta la eternidad; aunque viajes en un colectivo con cincuenta y ocho persona con la que compartes el aire, pero cada una de ellas está sola, adentro de burbujas individuales que jamás explotan. Creo que recuerdo más momentos solo en una ciudad (de fantasmas), y recuerdo ver más rostros solos en esa ciudad. En los viajes no hay tantos fantasmas.

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