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Veinte días en el llamado fin del mundo. Fin del mundo que tiene una cuota de eslogan turístico, y otra cuota de realidad. He visto en veinte días, algunos de los paisajes más bonitos (que he visto). He visto glaciares que cuelgan como garras entre montañas con formas de cuernos, de torres, y otros tipos de caprichos rocosos. He visto icebergs a los que la gente toma mil fotos, y icebergs a los que nadie le dispara ni una foto porque luego de ver miles de ellos, están condenados a la irrelevancia. He visto lagos turquesa, de aguas lechosas, que parecen enjabonadas. También glaciares, que se rompen, que se quitan el hielo como si se estuvieran desnudando.

He visto ciudades que crecen en el fin del mundo invadidas por turistas de todas partes. Japoneses sentados en un barco de excursiones con más entusiasmo por comer la vianda que por mirar glaciares por la ventana. He visto alemanes en grupos bulliciosos, como si un espíritu adolescente les brotara de alguna parte; o gente viajando sola, en grupo, preparadas para todo como si sus mochilas fueran una galera de donde sacar cosas y cosas.

He visto bosques sobre el lodo, estepas decoradas con árboles bandera, cuevas, cascadas, ríos también lechosos. Un glaciar, mientras iba caminando por encima de él, un piso de turba en el que casi me hundo hasta las rodillas, un lago color esmeralda, un cóndor volando por encima de mi cabeza, una playa con pingüinos, ciudades sorprendentes.

He visto tantas cosas en tantas partes, pero en ninguna de ellas, he visto gente del pueblo Yagán, Selkman, o también conocidos como Onas. Y no es que esperaba ver gente que llevaba quien sabe cuantos años viviendo en el lugar, viviendo del modo en que lo hacían entonces. Porque conocía la historia de una de las tantas tragedias humanas. Pero al menos, me hubiese gustado sentir más presente alguna de sus huellas, encontrar algunas de sus canoas más allá de un museo, escuchar algunas de sus palabras, algo de su idioma, sin que sea una grabación, verlos de algún modo, en su tierra. No había casi nada de ellos en el Fin del Mundo, en Ooshooia. Sus imágenes solo se pueden encontrar en algunas paredes, como si fueran retratos de seres fantasmas.

Los que siguen, son fotomontajes con mis propias fotos del fin del mundo y algunas imágenes de los antiguos pobladores de la región. Como si de algún modo, la “magia” del retoque, pudiera hacerlos volver a ocupar esos lugares que fueron y quiero creer, son de ellos….

A continuación, un resumen a modo de relato que sólo intenta ser objetivo (aunque siempre estará lejos de serlo), de los hechos que motivaron la desaparición de los pueblos Selkman y Yagán en el fin del mundo:

Esteban Lucas Bridges fue el tercer nativo blanco de Ushuaia. Nació en 1874, descendiente del misionero Thomas Bridges y es recordado sobre todo, por escribir el reconocido libro “El último confín de la Tierra” en 1948. En el libro, se desarrolla la crónica de la historia familiar de los primeros hombres blancos en Tierra del Fuego, y sobre todo, el choque de civilizaciones en la región, entre el hombre blanco, el Yagán y la civilización Selkman (también Onas). Entre los Selkman, la última sobreviviente pura de éstos antiguos pobladores americanos fue  Ángela Loij, fallecida en 1974, año del final para los pueblos más antiguos del fin del mundo.

Durante largo tiempo, las compañías ovejeras que fueron ocupando las tierras habitadas por los Onas y Yaganes, llegando a pagar una libra esterlina por cada selkman muerto. Para cobrar la “recompensa”, era suficiente con presentar las manos u orejas de un integrante del pueblo Selkman. Los Onas habitaban la parte norte de la isla, y no tenían ningún conocimiento de navegación. Su denominación podría traducirse como hombres a pie. En cambio, en el sur, habitaban los Yagán, hábiles canoeros que atravesaban los canales comunicando territorios más extensos con islas. Los Selkman, debieron huir de las masacres hacia el sur. Según estimaciones, había unos 4.000 onas (o más) al momento de comenzar el contacto con los denominados pioneros pobladores de la civilización occidental de origen europeo en las islas. El combinado que llevó ese número estimado a cero fue la fórmula “asesinatos, enfermedades y deportaciones”. Vale aclarar, no es un genocidio de índole “europeos contra nativos americanos descendientes de pueblos antiguos”. La batalla se libra en tiempos en que tanto Chile como Argentina eran Repúblicas declaradas. Quienes emprendieron asesinatos fueron tanto descendientes directos de Europeos, nativos europeos, pero también, nativos reconocidos, documentados por el estado argentino y chileno, incluso, ya de varias generaciones en territorio americano.

También es importante decir, entre los descendientes europeos, entre los argentinos, y entre los chilenos, también hubo quienes intentaron ayudar y defender a los antiguos pobladores yaganes y onas, por ejemplo, entre otras formas, estableciendo misiones religiosas donde de algún modo, pudieran refugiarse de la barbarie. También, hubo antropólogos pertenecientes a lo que definiríamos como “hombre blanco” que intentaron conocer en profundidad éstas culturas con total respeto. O aventureros que defendieron a los onas, como Esteban Lucas Bridges. Pero lo que pudo prevalecer a nivel institucional, fue desde la óptica de cosmovisión colonizadora, una mirada y acción avasalladora hacia las culturas pobladoras de Tierra del Fuego, que los objetaba como un obstáculo a los intereses por explotar económicamente éstas tierras.  El clima instalado con el ascenso de la violencia fue el de una desconfianza mutua, con una clara diferenciación. Los antiguos pobladores, los pioneros americanos onas y yaganes, estaban en una clara inferioridad de condiciones para defender su tierra, su cultura y sus costumbres…en definitiva, su forma de vida. La tendencia ante el avance de poderosos colonizadores, fue la defensa, la resignación y el retroceso, no siempre en éste orden.

La actitud del gobierno argentino de entonces, fue claramente, la de auspiciar matanzas y cacerías en manos de expedicionarios como Julio Poper, un rumano nacionalizado argentino, que mató a decenas de integrantes del pueblo Selkman con algunos registros fotográficos de tales cacerías. Las fotos, que muestran cadáveres selkman acribillados a balazos, fueron regaladas al presidente argentino Miguel Ángel Juarez Celman. La cacería de Selkman y Yaganes, fue así una política de estado, un genocidio, un crimen de lesa humanidad perpetrado bajo el amparo del gobierno argentino de entonces.

El segundo gobernador del Territorio Nacional de Santa Cruz fue Ramón Lista, argentino nacido en Buenos Aires y otro de los cazadores de Onas, fue autor de una de las peores matanzas, al abrir fuego a mansalva a una toldería divisada en una jornada de exploración luego de desembarcar en la isla en 1886. Algunos de los acompañantes en la expedición, entre ellos un misionero argentino y el capitán de barco, se horrorizaron ante lo que presenciaron. Sin embargo, los autores materiales de la masacre no recibieron por parte del estado argentino ninguna sanción. En 1887, Ramón lista fue, como decía, nombrado gobernador.

Las matanzas, en la primera década del siglo XX se fueron encadenando. Se estima que 500 onas murieron al alimentarse con una ballena envenenada por iniciativa de colonos amparados por los gobiernos de entonces, un siniestro método de exterminio. Otros 300 onas fueron masacrados luego de ser invitados a un banquete en el que fueron emborrachados, hasta quedar indefensos a merced de francotiradores. Incluso, hay testimonios que relataron como los barcos que cruzaban por el Estrecho de Magallanes, disparaban al divisar pobladores onas o yaganes  como “prácticas de tiro”.

Capataces y peones, en su mayoría descendientes de ingleses, irlandeses e italianos pusieron el precio de una libra por testículos y senos, y media libra por cada oreja de niño ona o yagan, y aunque se intentaban ocultar los hechos a la opinión pública, las masacres se sucedían bajo el amparo institucional del estado argentino y sus autoridades de entonces. No había voluntad alguna de fiscalizar de algún modo lo que estaba sucediendo con el pueblo selkman y ona. Algo similar, sucedía del otro lado de la frontera, en territorio chileno. Ninguno de los responsables del genocidio, fue debidamente procesado.

En lo que debería considerarse un intento de reparación institucional por parte del estado argentino, en el año 1992 el 25 de noviembre, día de la masacre, es declarado como día del Indígena Fueguino por parte del gobierno de Tierra del Fuego. Actualmente, hay gestos y medidas que tienden de algún modo a reparar el daño causado a éstas culturas y pobladores más antiguos de éstas tierras. A mi entender, los gestos aún están lejos ser una política íntegral capaz de saldar la enorme deuda que el estado argentino y la sociedad toda, tiene con ellos.

Para terminar, quería agregar que viajar, creo no es sólo encontrarse con lindos paisajes o lindas historias. Viajar implica también adentrarse con las peores miserias y tragedias humanas, que aún aunque no lo parezcan, dejan sus huellas. Viajar y comunicar un viaje, yo creo que también implica, dar cuenta de ellas.

Hay información sobre el genocidio Selkman en Wikipedia

6 Comentarios

  1. Desde Chile, felicitaciones por tu relato, reminiscencias, análisis histórico acucioso y también por el foto montaje de imágenes. La realidad histórica a la que aludes es así, una barbarie. La masacre también incluyó Aonikenk – mal llamados “Tehuelches”. Un saludo.

  2. Tu fotomonaje es magia, gracias por ese regalo.

    No puedo olvidar a E. Lucas Bridges describiendo su visita a Isla Dawson donde se encontró con Hektliohlh que había sido capturado y entregado a la Misión Salesiana, Hektliohlh estaba muy triste y mirando hacia las montañas de su tierra natal dijo: “la nostalgia me está matando”.

    Pienso a esas tierras lejanas también deben extrañar a su gente, que tanto la cuidaba y sobre todo respetaba.

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