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Después de una caminata en turba (de una hora) en la que el pisar en el lugar equivocado podía significar enterrarse en barro hasta bien encima de la rodilla, se llega a un lago color esmeralda, un color que se ve inverosímil, equiparable a aguas “enjabonadas”. Hasta allí, llegan la mayoría de los visitantes, y luego de una pausa para descansar, emprenden el retorno. En cambio, a los pocos que continúan adentrándose en ese paisaje fantasmal, les espera una increíble sorpresa.

Lo que hicieron los castores en el fin del mundo, es un desastre. Son especies foráneas (de América del Norte) introducidas hace décadas en un paisaje como el de Tierra del Fuego, al que se adaptaron de un modo excelente, en un territorio en el que no hay depredadores a la vista, y en el que había mucho bosque que talar. Se convirtieron en una plaga capaz de alterar un ecosistema de una belleza inusual. Lo que hicieron los castores en el sitio de las fotos que siguen, es la reconstrucción de un paisaje fantasmal que parece sacado del storyboard de una película de Tim Burton. Un río color esmeralda que desagua de un glaciar montaña arriba, se interna en un bosque modificado por los castores, con estanques escalonados donde sobresalen árboles muertos. Una obra maestra de ingeniería con una belleza visual capaz de enloquecer mi cámara y mis sentidos:

Las fotos publicadas son apenas una selección del recorrido por éste lugar, caminando por encima de los diques, en un silencio sólo interrumpido por una sinfonía de hilos de agua filtrándose entre los troncos, mientras los estanques turquesa y espejados, duplicaban el bosque fantasma cuando el sol se asomaba centelleando. De esos lugares increíbles dignos de valer por sí solos, un largo viaje.

Por cierto, una de las fotos la subí al National Geographic Traveler Photo Contest 2013, concurso con tiempo de participar hasta el 30 de Junio.

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