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¿Se acuerdan que contaba de mi miedo a volar?. Eso de que es estúpido tenerle miedo a viajar del modo estadísticamente más seguro del mundo. Perfecto. Después de tres años de “esquivar” los aviones (y soportar en mis últimos viajes hasta trayectos de 20 horas en autobús), llegó el día de volar en mi último viaje al fin del mundo, y ya les cuento que lo conseguí.

 

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Pude volar y domesticar mis momentos donde reprimo el pánico. Resulta que el vuelo (De Buenos Aires a Calafate, de 3 horas) fue excelente. Hubo una pequeña turbulencia que no alcanzó a hacerme pensar en eso de empezar a escribir una ilusa nota de despedida.

Nada de nada. En el despegue si pensé un poquito como sería estrellarse en el Río de la Plata, lo confieso, pero en seguida me dije “no seas pavote” (como dice mi abuela), mejor pensá en otras cosas. Y enseguida tomé el diario de a bordo, que de interesante tenía poco, y lo leía como si anunciara un hecho imposible, no sé, como si leyera que salió elegido un Papa argentino.

En fin, no hace falta aclarar que eso “imposible” pasó 20 días después, justo un día antes del viaje de vuelta, lo que me hizo pensar que si era posible que eligieran un Papa argentino, entonces también podía ser posible que el avión de cayera. Finalmente me dije de nuevo “no seas pavote”. Viajé como si fuera un tipo pragmático, sabedor de las estadísticas de accidentología en cada medio de transporte, de las condiciones y mecanismos de seguridad del avión. Siempre me dije: “pensá en otra cosas”, “ocupá tu mente”. Lo bueno fue que a la vuelta me dije “venís de estar 20 días en la Patagonia, de ver una seguidilla de algunos de los paisajes de montaña y glaciares más imponentes, más alucinantes, más increíbles que viste en tu vida, así que el avión ya se puede caer tranquilo, pavote”.

En fin, hay veces que la mente piensa cosas estúpidas, y uno se quiere desentender de lo que piensa, como si fuera otro. Había vuelto a volar, mi miedo a volar había viajado conmigo y lo había dominado, lo pude llevar como un perro con correa, domesticado. Lo que no tengo idea es si ese perro domesticado va a seguir ahí sumiso, acompañando mis pasos, o me va a querer morder la yugular en un próximo vuelo.

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